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martes, 1 de febrero de 2011

Yo, Cthulhu por Neil Gaiman (2ª Parte)


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Yo, Cthulhu por Neil Gaiman (2ª Parte)


¿Ya es la hora, Whateley?

No seas tonto. Sé para qué te he hecho llamar. Mi memoria es tan buena como siempre.

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fthagn.

Tú sabes lo que significa, ¿verdad?

En su casa de R’lyeh el difunto Cthulhu espera soñando.

Es una exageración justificada; No me he sentido demasiado bien últimamente.

Era un chiste, ser de una-sola-cabeza, un chiste. ¿Estás escribiendo todo esto? Bien. Sigue escribiendo. Sé dónde nos quedamos ayer.

R’lyeh.

La Tierra.

Ese es un ejemplo del modo en que los lenguajes cambian el sentido de las palabras. Falta de claridad. No lo soporto. En un tiempo R’lyeh era La Tierra, o al menos la parte por la que me movía, a lo que primero pegué mis húmedos bocados. Ahora allí solo queda mi casita, latitud 47 ° 9’ sur, longitud 126 ° 43’ oeste.
O Los Antiguos. Ahora ellos nos llaman Los Antiguos. O Los Grandes Antiguos, como si no hubiera diferencia entre nosotros y los chicos barril.

Falta de claridad.

Así que vine a La Tierra, eran días mucho más húmedos que ahora. Era un lugar maravilloso, los mares eran tan ricos que parecían sopa y me llevaba genial con la gente. Dagon y los chicos (y uso la palabra literalmente esta vez). Vivíamos todos en el agua en aquellos lejanos días, y antes de que pudieras decir “Cthulhu fthagn” les tenía construyendo y esclavizando y cocinando. Y siendo cocinados, claro
Lo que me recuerda que hay algo que quiero contarte. Una historia real.

Había un barco, que navegaba por el mar. En un crucero por el Pacífico. Y en el barco había un mago, un ilusionista, cuyo trabajo era entretener a los pasajeros. Y también había un loro en el barco.Cada vez que el mago hacía un truco, el loro se lo aruinaba. ¿Cómo? Le decía a todo el mundo cómo se hacía, así se lo arruinaba. “Se lo ha escondido en la manga”, graznaba el loro. O “Ha amañado las cartas” o “Tiene un doble fondo”

Al mago no le gustaba.

Finalmente llegó la hora de hacer su mejor truco.

Lo anunció.

Se levantó las mangas.

Hizo sus gestos con las manos.

En el mismo momento en el que el barco se balanceó y calló sobre uno de los laterales.
La sumergida R’lyeh se había alzado tras ellos. Hordas de mis sirvientes, repugnantes hombres-pez, se abalanzaron sobre los flancos, agarraron a pasajeros y tripulación, y los arrastraron bajo el agua.
R’lyeh se hundió bajo las olas una vez más, esperando el día en el que el terrible Cthulhu vuelva a alzarse y reine de nuevo.

Sólo, sobre las asquerosas aguas, flotaba – olvidado por mis estúpidos pequeños batracios, por lo que pagaron con creces – el mago, cogido a una tabla, completamente sólo. Entonces, muy lejos vio una pequeña forma verde. Se fue acercando y finalmente, posado sobre un tronco entre restos flotantes, se dio cuenta que era el loro.

El loro giró la cabeza hacia un lado y entrecerró los ojos mirando hacia el mago.

“De acuerdo”, dijo, “Me rindo. ¿Cómo lo has hecho?

Claro que es una historia real, Whateley.

¿Crees que Cthulhu, que cubría de limo las estrellas oscuras mientras vuestras más antiguas pesadillas aún chupaban de las pseudomamas de sus madres, que espera el momento en el que las estrellas se posicionen correctamente para salir de su palacio-tumba, revivir a los fieles y volver a gobernar, que espera para enseñar de nuevo los grandes y lujuriosos placeres de la muerte y las fiestas, crees que te mentiría?

Claro que lo haría.

Cállate Whateley, estoy hablando. No me importa dónde hayas oído esto antes.

En aquellos tiempos nos divertíamos: matanza y destrucción, sacrificio y condena, icor y mucosidad y restos flotantes, y obscenos juegos innombrables. Comida y diversión. Era un fiestón, y a todo el mundo le encantaba excepto a aquellos que acababan empalados en estacas de madera entre un pedazo de queso y otro de piña

Oh, en aquellos días había gigantes sobre la tierra.

No podía durar eternamente.

Y llegaron desde el cielo, con alas membranosas y reglas y normas y rutinas y Dho-Hna sabrá cuantos formularios para rellenar por quintuplicado. La mayoría de ellos eran simples pequeños burócratas. Te puedes dar cuenta sólo mirandoles: cabezas con cinco puntas – cada uno al que mirabas tenía cinco puntas, brazos o lo que sea, en la cabeza (aunque debo añadir que siempre en el mismo sitio). Ninguno de ellos tenía la suficiente imaginación para que les salieran 3 brazos, o seis, o ciento dos. Cinco, cada vez.

Sin ánimo de ofender.

No nos llevábamos bien.

No les gustaba mi fiesta.

Se subieron por las paredes (metafóricamente). No les prestamos atención. Se volvieron malvados.

Discutimos. Nos hicimos putadas. Peleamos.

De acuerdo, dijimos, queréis el mar, podéis quedároslo. Enterito para vuestro cuerpo-barril. Nos mudamos a tierra firme – era preciosamente pantanosa por entonces – y contruímos gargantuescas estructuras monolíticas que hacían empequeñecer a las montañas. ¿Sabes que acabó con los dinosaurios, Whateley? Nosotros. En una barbacoa.

Pero esos aguafiestas cabezas-punta no podían dejar las cosas como estaban.

Intentaron acercar el planeta al sol – ¿o era alejar? Realmente nunca les pregunté. Lo siguiente que supe es que estabamos bajo el mar otra vez.

Te tienes que reír.

La ciudad de Los Antiguos fue la primera en sufrirlo. Ellos odiaban la sequedad y el frío, igual que sus criaturas. Y de repente estaban en la Antártida, secos como un hueso y tan fríos como las tres veces-malditas llanuras perdidas de Leng.

Aquí finaliza la lección por hoy, Whateley.

¿Y querrías por favor hacer que alguien alimente a ese condenado shoggoth?

© Neil Gaiman 1986.

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