Sin embargo, no era su nombre lo que me perturbaba... era su función. Porque mientras Azathoth duerme en el centro del caos primordial y Yog-Sothoth existe simultáneamente en todos los tiempos y todos los lugares, Nyarlathotep parece ocupar un rol completamente diferente. Él se mueve, él actúa y él habla. Los textos coinciden en describirlo como el alma y la palabra de los Dioses Exteriores. El mensajero de entidades tan vastas que el cerebro humano apenas puede intuir su existencia sin resquebrajarse.
Pero en los últimos años llegué a una conclusión todavía más inquietante, creo que Nyarlathotep no es simplemente un emisario, creo que es el vínculo mismo. El nexo que conecta a los Dioses Exteriores con los Primigenios... una especie de sistema nervioso cósmico extendido a través de dimensiones imposibles.
Puede sonar disparatado. Créanme, durante mucho tiempo intenté convencerme de que lo era. Sin embargo, la evidencia acumulada en innumerables fuentes independientes resulta difícil de ignorar. Los Primigenios duermen... los Dioses Exteriores observan, pero alguien transmite los pensamientos entre ambos. Alguien lleva mensajes a través de distancias que ni siquiera la luz podría recorrer y ese alguien es Nyarlathotep.
Algunos manuscritos sugieren incluso que esta entidad sería la personificación de una forma de telepatía universal. Una conciencia capaz de enlazar dioses dormidos, horrores cósmicos, cultos secretos y mentes humanas dentro de una misma red invisible. Y de golpe muchas cosas empiezan a encajar... los sueños, las visiones, las revelaciones imposibles, las voces que ciertos individuos aseguran escuchar en medio de la noche.
Porque Nyarlathotep rara vez necesita manifestarse mediante la fuerza. No necesita destruir ciudades, no necesita desatar cataclismos, le alcanza con una idea... con una palabra.. con un susurro.
Las páginas más deterioradas del Liber Ivonis hablan de hombres que despertaron sabiendo cosas que jamás habían aprendido. Astrónomos capaces de describir estrellas invisibles. Poetas que escribían en idiomas desconocidos. Sacerdotes que abandonaban toda fe humana tras recibir una única revelación proveniente del vacío entre los mundos.
Todos ellos aseguraban haber comprendido una verdad superior.
Y todos terminaron locos.
Fue entonces cuando comprendí algo que todavía hoy me cuesta aceptar.
La humanidad teme a Cthulhu porque algún día podría despertar.
Teme a Yog-Sothoth porque guarda las llaves de todas las puertas.
Teme a Azathoth porque su despertar significaría el fin de toda realidad.
Pero Nyarlathotep es diferente.
Porque Nyarlathotep ya está entre nosotros.
Camina bajo mil rostros.
Habla con mil voces.
Se esconde detrás de ideas que creemos propias.
Y cada vez que una mente humana recibe un conocimiento que jamás debería haber conocido, cada vez que un culto obtiene una revelación procedente de la oscuridad exterior, quizás sea él quien está susurrando desde el otro lado. Después de tantos años de investigación llegué a una conclusión que, sinceramente, me habría gustado no descubrir. Nyarlathotep no es solamente un dios... es el puente... el conducto... el oscuro entramado que mantiene conectadas todas las monstruosidades del cosmos.
Y si los viejos manuscritos dicen la verdad, entonces cada pensamiento que circula por esa red invisible acerca un poco más el día en que las estrellas vuelvan a alinearse de la manera correcta... o incorrecta.
A esta altura ya no estoy seguro de cuál sería la diferencia. Porque algunas noches, cuando el viento golpea los vidrios de mi estudio y el silencio pesa demasiado, no puedo evitar preguntarme si estas conclusiones nacieron realmente de mis investigaciones... o si fueron sembradas en mi mente por la misma entidad que intentaba comprender.
Y esa duda, querido lector, es bastante más aterradora que cualquier respuesta.
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